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Kartas a Kim #8.1. Autoexigencia

Ágata Ahora. La autoexigencia como obstáculo para hacer música de forma libre y fluida, para confiar en los propios proyectos y compartirlos abiertamente. También, está claro, como fuerza para mejorar, para no conformarse, para seguir creciendo pero… ¿dónde está el equilbrio? En la autobiografía de Kim Gordon​ se vislumbra esta mirada estricta con ella misma, como música y como artista, que no le impidó tener un grupo, dar conciertos, tener una exitosa carrera, pero sí, pese a todo el reconocimiento, le hizo mantener una duda constante sobre su valía. Dedicamos esta y las siguientes cartas a la autoexigencia de las mujeres como músicas.

SonicYouth“Con el tiempo, llegó a gustarme mucho tocar el bajo, era algo físico que conectaba con mi amor por la danza, aunque cuando estoy tocando un instrumento sobre el escenario, me cuesta sentir que pueda llegar a emocionar a la gente de verdad”. Kim Gordon, La chica del grupo (Editorial Contra, 2015).

Querida Kim,

Menuda locura, ¿no? Si tú no te ves como una música capaz de emocionar a tu público… ¿quién lo va a ser?

Desde luego, reconozco en estas palabras muchos sentimientos propios y compartidos por otras amigas, que vienen a decir que NO valemos lo suficiente. No para la industria, ni para el público, ni para nuestr*s compis de grupo, sino para nosotras mismas.

Fuera de la experiencia estrictamente musical, hace unos meses participé en una mesa redonda organizada por Radio Utopía sobre medios de comunicación con perspectiva de género junto con Toña Medina, representando a Sisterhood, Píkara Magazine y Sangre Fucsia. Fue un foro interesante, el podcast está aquí. Cuando se dio la palabra al público los primeros y casi únicos en tomarla fueron los tíos, como sucede habitualmente (haz la prueba, los datos no mienten). Después, valorando la situación con unas compañeras de Radio Utopía rápidamente lo asociamos con el tema de la separación y asignación del espacio publico/privado –que tú y yo también hemos tratado en cartas previas-, pero fuimos más allá y tratamos de buscar razones concretas. Una de ellas, para mi clara, es la autoexigencia. Por lo general, las tías no hablamos en las asambleas o en las tertulias a no ser que tengamos algo interesante que decir. De esta manera, nuestro auto-escrutinio es una de las cosas que nos hace quedar calladas. ¿También pasa en la música?

Basándome en mi propia experiencia, sí. He tardado más de ¿10? años en enseñar mis composiciones a la gente, básicamente porque creía que no iban a gustar a nadie, excepto a mi. Como tú, Kim, pensaba que no podrían emocionar a la gente. Como guitarrista me suelo disculpar: “Yo soy la guitarra rítmica, la buena es la otra”; y como cantante quitarme importancia: “Bueno, no canto mal, en mi registro. No tengo técnica, canto como puedo”. Escuchando a mis amigas, me he dado cuenta de que esta es la regla. Todas los hacemos valer de menos. No nos gusta destacar, pero no solo porque no es el comportamiento que se espera de nosotras, sino porque no confiamos en que merezca la pena. Para los demás, ni para nosotras mismas.

Así que, WTF?! Tenemos que demostrar que valemos el doble (hace poco lo dijo Jack White en una entrevista que la hacía Mike McCready, de Pearl Jam, y fue un escandalazo, igual hace falta que lo diga un señor para que se escuche el mensaje), y además creyéndonoslo la mitad. Esta barrera para internalizar los logros propios también es llamado el Fenómeno de la Impostora. Se aplica principalmente a mujeres que desarrollan puestos de responsabilidad o prestigio social. Dice Wikipedia: “A pesar de las evidencias externas de su competencia, aquellos con el síndrome permanecen convencidos de que son un fraude y no merecen el éxito que han conseguido. Las pruebas de éxito son rechazadas como pura suerte, coincidencia o como el resultado de hacer pensar a otros que son más inteligentes y competentes de lo que ellos creen ser”. Hola Kim, ¿te suena de algo?

Esta es Ainara

Esta es Ainara

Desde luego la autoexigencia se mezcla con el miedo al ridículo, con la inseguridad… pero al final, yo creo que se corresponde con el control y escrutinio al que se nos somete a las mujeres de forma sistemática, que acabamos por interiorizar. Y así, el enemigo ya no es solo la sociedad, amigas, también lo tenemos dentro, aplastando nuestra capacidad de acción con dudas y estándares locos. Esta carta parece un libro de autoayuda, y no lo es. No creo que tenga que venir ni yo, ni nadie, para decirnos que sí lo valemos (mucho menos una marca de cosmética, juas). Pero tenemos que empezar a creérnoslo, de alguna manera.

El otoño pasado, en uno de sus talleres de autogestión musical, Ainara LeGardon (ay, Kim, te gustaría un montón, igual hasta ya la conoces) contó una anécdota tonta que trata sobre este tema. Relataba cómo a veces ella sentía la necesidad de pedir perdón al público después o durante su actuación, porque quizás no era lo que esperaban, porque no fuese su rollo, porque no era lo suficientemente buena. Alguien (un señor de su entorno, no recuerdo quien) le dijo que, como artista, tenía que estar por encima de eso (sin dejar de empatizar, claro), y que su actitud, su impresión, su planteamiento, debería ser: “esta es mi mierda, y vais a comérosla”.

En fin, a mi sí me parece interesante mantener un grado de humildad con la gente que está dedicando parte de su tiempo a ver a qué dedicas tú el tuyo, pero entiendo el valor de esa seguridad, de esa confianza en tu mensaje, en tu propósito, en tus canciones. Y creo que es una buena actitud, en el camino hacia conocer y dejar conocer quién eres como música. Y al menos no ponerte zancadillas a ti misma, cuestionando tu propia valía en cada paso.

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Kartas a Kim es un diálogo ficticio con Kim Gordon (Sonic Youth, Body/Head) a través del libro La chica del grupo (Editorial Contra, 2015). Con un té de ginseng en la mano, nos centramos en la relectura con perspectiva de género de sus experiencias en la música independiente desde los 80, y tratamos de responder preguntas como: ¿Qué significa para Kim Gordon ser la chica del grupo? ¿Cómo ha sido la experiencia de una de las grandes estrellas del rock alternativo de los 90? ¿Nos dice eso algo sobre el panorama general?